domingo, 30 de noviembre de 2014

¿Podemos?

No sé si tiene mucho sentido hablar de Podemos en un blog en principio dedicado a cuestiones de maternidad, paternidad, crianza... Pero no voy a hacerme un blog nuevo solo para esto. Y en el fondo, para mí sí tiene sentido, aunque explicar por qué daría para otro post, y bien largo... El caso es que he estado intentando entender por qué apoyo a Podemos a pesar de que comparto muchas de las críticas. Y esto es lo que me ha salido.


Hace muchos años, debía tener yo unos 18 o 19, en mi pandilla había un muchacho encantador cuyos padres eran del Opus. Un día empezamos a discutir sobre el aborto. Yo empecé pacientemente a argumentar lo injusto que era que yo me pudiera ir a Londres a abortar, mientras que una tía sin recursos tuviera que apechugar con un hijo no deseado o arriesgarse a un aborto inseguro, con independencia de que el feto pudiera o no tener algo así como un alma. Me pareció que lo tenía medio convencido, al menos, de que el aborto debía ser legal, pero en ese momento irrumpió en la conversación otro amigo que dijo algo así como:  “¡Bah, qué gilipollez! Que un feto sea o no un ser humano o un sujeto de derechos es un asunto puramente cultural; en Esparta se podía matar a los niños hasta los 7 años sin que eso fuera delito, ni siquiera era inmoral…” El colega opusino lo miró con espanto y ya no hubo forma de reconducir la conversación a un terreno compartido. Le perdí la pista este muchacho hace mucho tiempo, no sé qué pensará ahora.

Hace algún tiempo, por Twitter, comenté en tono elogioso un artículo muy interesante de Ernesto Castro, en el que defendía simultáneamente y desde una misma perspectiva el derecho al aborto y los derechos de los animales. Dije que ofrecía argumentos interesantes y novedosos para defender el derecho al aborto o algo parecido. Una compañera, feminista, a la que generalmente respeto y aprecio, me calló la boca con una frase del estilo de “el aborto es parte de los derechos reproductivos de las mujeres y no hay más argumentos que discutir”.

No contesté nada. Era en plena efervescencia contra la retrógrada y absurda ley que había propuesto Gallardón, y pensé que probablemente tenía razón y que quizá no era el momento de discutir y matizar. Nos habían puesto en una trinchera y lo que tocaba era disparar munición, cuanto más gruesa mejor. Sin embargo, al mismo tiempo que callaba y en parte compartía, me dio mucha rabia tener que aceptar esa posición a la contra, de combate, que obliga a tantas simplificaciones, que impide tantas veces traer a nuestro terreno a gente que no está en principio de acuerdo, y que, sobre todo, exime de pensar a fondo las cosas. Si mañana me nombraran ministra de sanidad o de justicia, y tuviera que reformar la ley del aborto, ¿cómo lo haría? Sí, es una hipótesis absurda, nadie me va a nombrar nada, pero ¿no estaría bien que nos obligáramos a plantearnos este tipo de cuestiones? ¿Qué haría esta amiga si fuera ella la elegida para articular una nueva legislación sobre el aborto? ¿Escucharía otros argumentos más allá del nosotras parimos, nosotras decidimos? ¿Aceptaría que comités de expertos en obstetricia opinaran sobre una ley de plazos, incluso aunque fuera para acortar esos plazos a la vista de los avances en las técnicas para mantener con vida a fetos que hasta hace poco eran inviables, o a la luz de nuevas investigaciones sobre el desarrollo del sistema nervioso y la capacidad de sentir dolor? Me imagino que sí, pero no lo sé, porque parece que nunca toca discutirlo…

A lo mejor hemos interiorizado demasiado la derrota, esa falta de poder que nos obliga a situarnos siempre a la contra. Y algo así me parece que pasa a veces con las críticas a Podemos. El otro día, desde la Plataforma para una Auditoría Ciudadana de la Deuda (PACD), secriticaba la resolución sobre la deuda que habían redactado algunos economistas vinculados a Podemos, con el argumento de que desde el “no debemos no pagamos” hasta la reestructuración ordenada que propone ese documento, iba mucho trecho. Me pareció muy significativo.

La PACD es un colectivo intachable, al que siempre he respetado. Y a lo mejor malinterpreté toda la situación y resulta que ellos proponen otra forma de reestructurar la deuda más chula que la de Bibiana Medialdea y compañía. La verdad es que no he seguido demasiado de cerca el caso y quizá el ejemplo no sea idóneo. Pero la impresión que saqué es que pasaba lo mismo que con los feminismos y el aborto. Tanto tiempo en la resistencia deja su huella en la forma de plantear los argumentos y hacer las cosas. Y esto, creo, es lo que Podemos está logrando hacer de otra manera. Cuando dicen que quieren ganar no están diciendo –o eso entiendo yo– que para ello estén dispuestos a tirar por la borda todos los principios que nos sacaron a las plazas el 15-M o a rebajar las propuestas con más filo hasta hacerlas irreconocibles. Lo que están diciendo es que están dispuestos a mojarse para convertir los eslóganes que hemos estado gritando desde las trincheras en políticas articuladas que puedan recabar el apoyo de una mayoría.

Hay un texto muy divertido de @gonzaire, escrito al estilo de esos relatos de “elige tu propio final” que me encantaban de pequeña, en el que da a entender que para evitar que Podemos termine como el gobierno de Allende, como el de Felipe González o como el de Miterrand, lo que hace falta es más democracia y participación de los círculos y militantes. Molaría que fuera verdad, pero yo no me lo creo.

Entiendo perfectamente las críticas a la “deriva antidemocrática” del equipo de Pablo Iglesias, diagnóstico que comparto y veo patente en los sistemas de votación elegidos, por poner un ejemplo destacado. En cambio, me parece que no comparto la mayoría de las explicaciones que se dan de los motivos de esta deriva. Tal como yo lo veo, la senda que ha tomado el equipo no se debe a la necesidad de tener las cosas controladas frente al desbordamiento de la participación democrática real de la sociedad. Más bien creo que lo que intentan evitar o refrenar es la participación de la gente más implicada, es decir, de unos cuantos miles de personas. ¿Por qué? A lo mejor piensan, como yo, que su base social, sus votantes y apoyos, son una masa informe de millones de personas muy distinta de esos miles de militantes.

O sea, es verdad que sin el trabajo de los círculos y los militantes no hubieran conseguido nada, pero también es verdad que sin millones de votos no van a conseguir nada. Y sospecho (y creo que es lo que sospecha el equipo promotor) que el sentir de esa mayoría que es votante potencial de Podemos no coincide demasiado bien con el sentir de los círculos y los militantes. Por decirlo con un lenguaje viejo pero que espero que se entienda, creo que éstos son bastante más “de izquierdas” que el grueso de los votante potenciales. De hecho, lo mismo me pasa a mí. Yo quiero una revolución anticapitalista de verdad y que rueden cabezas (como mínimo, en sentido metafórico). Y por eso mismo, yo no debería gobernar.

Los partidos de izquierda (de IU hacia la izquierda), no han tenido nunca verdadero éxito electoral o lo han ido perdiendo con los años, y no solo por sus garrafales errores, sino también porque sus propuestas no gustaban al electorado. Esto es así. Y Podemos no puede permitirse que sus militantes arruinen la posibilidad de convencer a un electorado más bien timorato. Lo ideal, por supuesto, sería contar con una ciudadanía con formación política y democrática, con tradición asociativa y participativa, y valores radicalmente igualitarios y anticapitalistas. Pero esa ciudadanía, a día de hoy, no existe. Lo que creo que Pablo Iglesias y su equipo no quieren –y lo entiendo perfectamente– es que todas sus políticas estén constantemente fiscalizadas y sometidas al veto de un grupo de personas, muy majas y valiosas, pero que –lamentablemente– no representan a esa mayoría que les va a dar su voto.

Pero entonces, ¿qué se puede esperar de una hipotética victoria de Podemos? Mi esperanza es que gracias a unas políticas institucionales más sensatas (políticas antiausteridad y antipobreza, defensa de los servicios públicos, gasto de dinero público en inversiones productivas en lugar de en el sumidero infinito de la deuda y los rescates bancarios, etc.) se vaya gestando un entorno social menos agresivo, precarizado y competitivo y se vaya produciendo un desplazamiento progresivo del marco ideológico, de forma que esa masa informe de votantes que vota lo que votan los demás, como decía Santiago Alba Rico, pase a ser algo así como una ciudadanía crítica, con criterio y capacidad de movilización y con valores distintos al del consumismo y la competencia.

¿Tiene sentido esta esperanza? ¿Es razonable pensar que una política institucional diseñada desde arriba vaya a generar ese efecto social beneficioso? Por un lado diría que no, claro que no. Llevamos años –o siglos– repitiéndonos que las cosas nacen desde abajo, y generalmente es verdad. Pero, por otro lado, ¿no fue exactamente eso lo que consiguió la ofensiva consevadora-neoliberal de los años ochenta? Fue un movimiento absolutamente dirigido desde arriba –no había ningún tipo de base social que los respaldara, eran cuatro gatos (unos cuantos economistas heterodoxos, unos cuantos políticos iluminados y unos cuantos megamillonarios)– y sin embargo lograron desplazar por completo los marcos de sentido y las ideologías de todos nosotros.

Owen Jones lo cuenta muy bien. Lo que en los años sesenta era consensual y perfectamente aceptado (la necesidad de gravar a los ricos y redistribuir, las políticas keynesianas, la defensa de unos servicios públicos potentes y eficaces, las pensiones, etc.) pasó a considerarse radicalismo utópico. Y lo que era tabú minoritario (laissez-faire, ultracompetitividad, liberalización de las finanzas, culpabilización de los pobres, ineficacia de lo público, demonización de los sindicatos), se convirtió en el pan nuestro de cada día. Y cuando digo “nuestro” lo digo en serio. Es imposible tener a tanta gente engañada durante tanto tiempo. Nos convencieron. Nos lo metieron dentro en mayor o menor grado.

Ahora, gracias a muchas cosas (entre ellas, los movimientos de base, pero también la crisis) surge en el horizonte político una gente que, de momento, parece estar acertando en sus jugadas orientadas a convencernos de que, como dice César Rendueles, siempre hemos sido anticapitalistas aunque no lo supiéramos. ¿Qué vamos a hacer? Yo, desde luego, voy a apostar a que sí, a que Podemos, e incluso a que “ellos pueden”. Creo que si logran llegar a donde apuntan vamos a conseguir, como poco, desplazar el abanico de lo que ahora mismo aparece como posible, destruyendo consensos previos y cimentando un nuevo sentido común que podría dar alas a una ciudadanía que, a día de hoy, y por más que nos guste acordarnos de cómo estaban de llenas las plazas cuando el 15-M, tiene nula tradición asociativa, comunitaria, activista…

Podemos no debe ni puede dar la espalda a los movimientos sociales, pero tampoco podemos pretender que vaya a remolque de esos movimientos porque, en el fondo, y por decirlo a lo bruto, esos movimientos no nos representan, es decir, no representan a esa mayoría harta de lo que hay, que está dispuesta a apostar por Podemos. O si lo hacen, es solo en algunos aspectos muy concretos y sectoriales de nuestra vida en común (defensa de la sanidad o la educación públicas…). Podemos ha generado en poco tiempo más movilización social que la que ha habido en los últimos treinta años.

No sé si mi apoyo a Podemos peca de ingenuo o de cínico, o puede que de las dos cosas a la vez. Lo que sé es que es muy posible, incluso probable, o incluso seguro, que lo que Podemos consiga sea solo un pálido reflejo de lo que yo querría. Yo querría, por ejemplo, una sociedad anticapitalista radicalmente igualitaria, con una economía decrecentista, con expropiación y socialización de prácticamente todo lo que no sean nuestros cepillos de dientes y otros enseres privados, con derechos sociales desvinculados de lo laboral, con igualdad de género, con respeto a los animales, a los niños y al medio ambiente, sin fronteras, sin ejército ni cárceles, con muuucho tiempo libre para todos, y otras muchas cosas más que es muy posible, incluso probable, incluso seguro, que otras personas –muchas personas, la mayoría de personas– no quieran ni en pintura.

Estas son mis metas, no creo que las vaya a cambiar mucho a estas alturas. Y mi apoyo a Podemos no me hará dejar de seguir luchando por ellas, en la escasa medida de mis posibilidades. Pero no quiero que estas aspiraciones u otras semejantes lleven a nadie a boicotear el único avance hacia un mundo más justo que percibo ahora mismo en el horizonte, aunque ese avance me parezca lento, titubeante o hasta renqueante.

O sea, aunque no coincida con mis objetivos, no pienso desdeñar lo que sea que pueda conseguirse a día de hoy con el apoyo de una amplia mayoría social. En parte porque aunque solo se logre una ley antidesahucios decente, ya me merece la pena apoyar a Podemos, y en parte porque confío en que desde arriba se puede generar un ambiente apropiado para la participación democrática, el empoderamiento ciudadano y la movilización a favor del bien común.



viernes, 18 de abril de 2014

Construir un discurso maternal (decente)

Hace tiempo que tenía pendiente escribir algo en respuesta a este artículo de Beatriz Gimeno en la revista Pikara sobre la necesidad de que el feminismo elabore valientemente un discurso antimaternal. El otro día Maite Garrido Courel me envió unas cuantas preguntas sobre el tema para un reportaje en la revista Números Rojos, y cuando quise responder me salió un texto larguísimo, que es más o menos el que quería haber escrito, así que aquí lo vuelco, y agradezco a Números Rojos las preguntas, sin cuya presión seguramente no me habría puesto a ello.


Por supuesto, dentro del feminismo existe un discurso muy plural sobre la maternidad (y casi sobre cualquier otra cosa), de ahí que siempre estemos hablando de “feminismos”, en plural.
Sin embargo, yo creo –aunque es una opinión discutible, por lo que he pedido ver– que existe algo que podemos llamar "feminismo mainstream o institucionalizado" en el que la pluralidad se desvanece. Para ese feminismo, que es el más influyente en términos políticos (me refiero a política institucional, a influencia sobre las políticas de las administraciones públicas), la maternidad es, sobre todo, un punto ciego, igual que para muchas de las teóricas del feminismo clásico (a mí, desde luego, siempre me ha llamado la atención la cantidad de textos clásicos del feminismo que pasan de puntillas por un fenómeno tan central para las mujeres). 

Por ejemplo, en las miles de alusiones a la brecha salarial entre hombres y mujeres muy, muy pocas veces (por no decir ninguna) se habla del peso de la maternidad o los cuidados en la conformación de esta brecha. Y como este ejemplo se podrían buscar otros. Mi impresión es que se analiza desde una óptica de patriarcado clásico algunos fenómenos (como puede ser el de la discriminación laboral o salarial) que están muy ligados con la maternidad y los cuidados. Por supuesto, esta constatación no obturaría el debate sobre la opresión patriarcal ni restaría fuerza a las reivindicaciones feministas: pero sí las orientaría quizá por otros derroteros. 

Por ejemplo, tocaría abordar con decisión el tema de por qué son las mujeres las que siguen asumiendo mayoritariamente los cuidados, y –tema espinoso donde los haya– cómo se conjuga este dato con la (relativa) libertad de algunas mujeres para elegir su destino: la idea de que cualquier mujer que elige cuidar está siendo víctima de algún tipo de presión neopatriarcal no me vale. Es decir, soy consciente de que existe un inmenso número de mujeres para las que el cuidado no es una opción sino una obligación, y me parece fundamental luchar por su liberación. Pero de ahí no cabe concluir que el cuidado sea siempre una carga desagradable de la que debemos intentar deshacernos. Y desde luego, me fastidia profundamente ese tic de cierto feminismo que sólo reconoce la libertad de elegir de la mujer cuando ésta realiza la elección "correcta": realizarse a través del trabajo, amoldarse al modelo del trabajador varón adulto y autónomo... Muy especialmente cuando cada vez somos más, hombres y mujeres, quienes cuestionamos decididamente este modelo, que hace aguas por todas partes.

Se han hecho estudios, por ejemplo, sobre el número de mujeres (todas ellas bastantes privilegiadas en términos socioeconómicos y culturales) que estudian con muy buenos resultados másters como el famoso MBA y luego no ejercen en los mismos puestos de alto nivel que sus compañeros de clase. Casi siempre, la retirada de la dura carrera competitiva hacia la cumbre empresarial tiene lugar cuando esas mujeres deciden tener hijos. Algunas se van a casa a cuidar, otras eligen profesiones de menos prestigio y menos salario que les dejan más tiempo libre. Lo habitual es intentar analizar eso en términos de patriarcado y a mí, la verdad, me da un poco de rabia: es cierto que hay que preguntarse por qué ellas sí y ellos no, pero no vale hacerse la pregunta dando por supuesto que ellas pierden y ellos ganan, que ellas se someten y ellos eligen. A ver, ¿no son estas mujeres más sabias que sus compañeras y compañeros que trepan y trepan sin descanso en bufetes de abogados y empresas dedicando 12 o 14 horas al día al trabajo? ¿No deberíamos aspirar a que cada vez sea menor el número de mujeres y también de hombres que se dejan engañar por ese abusivo predominio del trabajo y lo económico en nuestras vidas? ¿No existe una presión tremenda –que se ejerce sobre hombres y mujeres, pero quizás más sobre los hombres– para que seamos individuos competitivos productivos y consumistas hedonistas? ¿No puede ser que estas mujeres estén aprovechando su posición ventajosa para desafiar esa presión mercantil? Puede que suene demasiado ingenuo, y ya sé que hasta que no hay mujeres en puestos de responsabilidad muchas veces las empresas no elaboran políticas de conciliación y demás. También sé que algunas de las mujeres que se retiran de la carrera hipercompetitiva lo hacen movidas por una rechazable ideología machista que sigue encuadrando a la mujer en el  hogar como su lugar natural. Pero el discurso estándar en estos casos a mí no me sirve. Me parece que debemos profundizar un poco más, sin miedo y sin prejuicios.


Por otra parte, los feminismos han tenido (y aún tienen) que librar una batalla muy, muy ardua por el derecho al aborto y la anticoncepción. En este sentido, es lógico que los esfuerzos se hayan centrado en la lucha contra la maternidad como imposición. Pero, por el camino, la reivindicación y el análisis de la maternidad deseada desde una óptica feminista ha tendido a quedar en los márgenes. Asimismo, el discurso de mi cuerpo es mío y yo decido, perfectamente razonable en la lucha por el aborto, también nos ha dejado en mala posición para reivindicar la maternidad como hecho social, o para reclamar la implicación de toda la sociedad en los cuidados de los hijos. Como decía Yvonne Knibiehler, una feminista francesa a la que admiro, una vez conquistado el derecho a no ser madres, nos queda conquistar el derecho a serlo sin perdernos en el camino. Y creo que somos muchas las mujeres que al tener hijos nos hemos sentido un poco huérfanas de discurso feminista en el que encajar, sobre todo cuando algunas hemos decidido que la maternidad “externalizada” (escolarización temprana, formas de disciplina encaminadas a conseguir que los críos no estorben, crianza y cuidados entendidos exclusivamente como una carga, etc.) no iba con nosotras.

Muchas feministas reivindican firmemente su derecho a no ser madres, y denuncian que en la sociedad patriarcal actual sigue vive la ideología que equipara el ser mujer con el ser madre y presiona a las mujeres para que seamos madres antes que ninguna otra cosa. Otras reivindicamos nuestro derecho a ser madres de ciertas formas que no encajan con el ideario feminista mainstream y aseguramos que las presiones que hemos recibido han ido más bien en dirección contraria: trabaja, consigue, trepa, logra, disfruta, goza, sigue con tu vida y no te enfangues en cosas de críos que no te van a reportar nada bueno. Por supuesto, cada una sabrá lo que ha experimentado en sus carnes o cuál de las dos presiones le ha resultado más molesta. 

Pero más allá de ese debate estéril que contrapone experiencias personales, creo que deberíamos hacer un análisis sosegado del mundo ideológico en el que vivimos. Según mi hipótesis, la presión patriarcal para identificar a la mujer con la madre es una ideología en retirada, una ideología secundaria, mientras que la presión antimaternal está en auge. La primera, la pro-maternal, es muy visible y directa y un tanto, digamos, ingenua. Y aunque no me extrañaría que en términos estadísticos aún hubiera más mujeres que se sintieran víctimas de esta presión, me atrevo a afirmar que está en decadencia en un sentido profundo. La segunda presión, la anti-maternal es más ladina y menos fácil de identificar. Está mezclada con la ideología productivista habitual de nuestras sociedades capitalistas, está mezclada con el consumismo y el hedonismo en el que nos hemos socializado, y recoge, para mayor confusión, muchos de los temas y conceptos del discurso feminista, lo que hace las cosas aún más complicadas. Así es como yo lo veo, al menos:  todo conspira para que “elegir” hijos aparezca como la elección incorrecta. 

Desde luego, para mí no tiene sentido que nos dejemos engañar por el discurso sensiblero, carca y muy de boquilla de “los niños son el bien más preciado” y “madre no hay más que una”: la realidad es que cuidar (y por tanto, también ser madre) aquí y ahora es duro y difícil y está muy desincentivado. 

Por otra parte, además de la maternidad como punto ciego o como silencio obstinado, ciertas facciones del feminismo más mainstream han sido abiertamente antimaternales. Es el caso de Simone de Beauvoir, por ejemplo, y de otras muchas para las que la pérdida de autonomía que supone asumir a fondo una relación de cuidado constituye un defecto inaceptable de la maternidad. Muchas feministas han identificado –correctamente, en mi opinión– la maternidad como fuente de opresión y sufrimiento en nuestras sociedades. Pero en lugar de luchar y denunciar este hecho, han preferido dar la espalda a la maternidad, confundiendo, tal vez, los problemas que entraña la maternidad en una sociedad como la nuestra con problemas intrínsecos de la maternidad.

Para muchas feministas las reivindicaciones actuales de una maternidad intensiva en tiempo y esfuerzo (con sus concreciones en forma de lactancia prolongada, colecho, escolarización tardía, educación no autoritaria, etc.) suponen un paso atrás y una atroz pérdida de autonomía. Es curioso, porque a mí me parece tremendamente evidente que la mayor pérdida de autonomía que existe en este mundo y el principal sumidero de tiempo y esfuerzo, es el trabajo asalariado, y sin embargo no suelo oír tantas quejas... 


El otro día, en un foro de Internet, una madre que se preguntaba cómo podría ser una crianza feminista. Decía algo así como: “¿sería aquella que disciplina a los niños para que no obstaculicen la realización personal de la madre adaptada al molde del varón? ¿o sería más bien aquella que, partiendo del conocimiento de la posición del débil y el oprimido, establece lazos de solidaridad y unión con los niños, que son también débiles y oprimidos en nuestras sociedades?”. Obviamente, la forera era partidaria de la segunda opción. Y creo que yo también. Ahora bien, como sucede siempre, las cosas se complican porque en esta reivindicación neomaternalista que yo, en términos generales puedo defender o compartir, hay también compañeros de viaje muy indeseables, y posturas muy excesivas y olímpicas, que no tienen en cuenta el tipo de sociedad en el que se articulan. Pero sea como sea, no todo se reduce a una ofensiva neomachista legible en términos de lucha de sexos y explicable por la negativa de los hombres a perder privilegios, ni creo que pueda considerarse en términos generales un paso atrás.


Precisamente, creo que si los feminismos abrieran sus oídos a estas reivindicaciones maternales conseguiríamos entre todas elaborar discursos mucho más matizados, que no dejaran a tantas madres huérfanas de feminismo, y podríamos luchar más eficazmente contra los elementos machistas de estas ideologías, sacando a la luz los aspectos potencialmente liberadores de la maternidad intensiva, y luchando de paso contra esos estereotipos maternales que nos encasillan, como denunciaba Brigitte Vasallo en Pikara con tanta razón (estereotipos que, por cierto, también resultan opresivos para los hombres que asumen la responsabilidad del cuidado). 

Para terminar, y por volver un poco al texto de Beatriz Gimeno, hay dos puntos en su artículo que me descolocan bastante: 

1- El primero es la confianza y seguridad con las que parece plantear que el tema de la maternidad AL COMPLETO se dirime en al ámbito de lo social y cultural, excluyendo por principio cualquier consideración natural, biológica o animal. Gimeno parece estar totalmente segura de que la “compulsión” a la maternidad es puramente social y cultural, que el deseo de ser madre es un deseo socialmente construido, que el amor a los hijos una vez que los tienes es un fenómeno puramente social y, por tanto, tan natural o tan poco natural es quererlos como no quererlos… En definitiva, tal como yo lo veo, al discurso de Gimeno le sobra constructivismo social. Es un asunto, el del constructivismo social, que me da mucha rabia, no porque no coincida con mi opinión, sino porque me parece que hacemos muy mal en dejar el tema de la naturaleza mayoritariamente en manos de gente que pasa alegremente de defender la existencia de una base biológica para la respuesta cuidadora ante una cría, a decir que la evolución ha hecho que las mujeres seamos empáticas, torpes para las matemáticas y monógamas, mientras ellos son competitivos, promiscuos y no sé qué más. Creo que las personas razonables, progresistas y feministas hacemos muy mal en dejar (casi) todo ese ámbito de reflexión en manos de sociobiólogos y psicólogos evolucionistas. 

Es curioso porque si en vez de hablar de maternidad estuviéramos hablando de sexo, por ejemplo, dudo que todo el tema se enmarcara en lo social y cultural: es decir, nuestro deseo sexual está profundamente moldeado por lo cultural y social, y sin lo social y lo cultural apenas es nada. Pero creo que nadie niega que existe en nosotros una pulsión sexual animal, natural, biológica o como queramos llamarla. Y el hecho de que existan personas que se abstienen del sexo, o incluso gente a la que el sexo le repugna, no contradice esa aseveración. ¿Por qué estamos dispuestos a aceptar cierta animalidad para algunas cosas y no para otras?


2- El segundo punto que me desconcierta, que creo que está relacionado con el primero, es lo que dice en torno a la idea de la mala madre y sus dudas acerca de la obligatoriedad de amar a los hijos. Gimeno dice que el hecho de que la mera idea de ser mala madre nos resulte devastadora es síntoma de lo “férreo que es el control sobre la maternidad y, por ende, sobre las mujeres”. Creo que se trata de otro fruto de su constructivismo social, para el que –caricaturizando un poquito- si dios ha muerto, todo está permitido; o sea, si no hay naturaleza, todo son opciones culturales igualmente válidas: se puede querer a los hijos o no quererlos, se puede ser buena madre o mala madre, se puede ser madre y después arrepentirse, y todo es perfectamente razonable, válido, lógico… Se trataría, en suma, de meras prácticas sociales o culturales algunas de las cuales reciben la sanción de nuestra sociedad (o están impulsadas por el patriarcado) y otras no, pero podría ser de otra manera. 

Pues bien, yo no estoy de acuerdo. Y no lo estoy en al menos dos planos: por un lado, como ya he dicho, le reconozco un cierto papel a la biología en todo esto (por cierto que la biología enseña, entre otras cosas, que, en ciertas condiciones particularmente duras, la respuesta maternal más razonable en términos evolutivos es el aborto, la supresión de la fertilidad o el infanticidio; es decir, la naturaleza no es sólo ni siempre una fábrica de "buenas madres"). 

Por otro lado, aun dejando de lado la biología, creo que la red de relaciones sociales en la que vivimos, esa red de reciprocidades en la que estamos siempre inmersos y que nos sostiene (y de la que forma parte la maternidad), exige el cumplimiento de ciertas normas, de ciertas obligaciones morales. No puedes tener hijos y luego mandarlos a una exclusa como hizo Rousseau. Eso está feo. Aquí y en Pernambuco. Por eso, entre otras cosas, es fundamental luchar contra la maternidad como imposición, y es fundamental también luchar por conseguir unas condiciones sociales decentes en las que poder tener hijos, cuidarlos y quererlos sin que eso suponga sufrir como una mula y vivir en algo parecido a un arresto domiciliario; unas condiciones sociales que no pongan a la madre entre la espada y la pared, haciéndole tantas veces sacrificar totalmente su bienestar por el de sus hijos o, algunas veces, viceversa. 

¿Por qué el amor de una madre ha de ser incondicional  –se pregunta Gimeno– cuando el del padre no lo es? Me parece evidente que la pregunta correcta es: ¿cómo es posible que, tantas veces a lo largo de la historia, el amor del padre no haya sido incondicional y cómo podemos conseguir que lo sea siempre y en todo momento? Porque el amor de una madre (sea madre o padre o lo que sea, es decir, el amor de la persona, hombre o mujer, que asume a fondo el cuidado de un niño) por supuesto que debe ser incondicional. ¿Qué significa esto? Pues que no puede estar condicionado a si el crío sale listo o tonto, guapo o feo, gracioso o sosaina. Y es que de eso tratan los compromisos: de estar ahí aunque no te apetezca, de “amar” aunque quizá pudieras desear que la persona a la que estás amando fuera de otro modo. Quizá el problema sea nuestro concepto de amor: si creemos que todo tienen que ser rosadas estampas almibaradas, es posible que nos llevemos un chasco. Y parte del problema puede ser también la difundida idea de que cada relación social de la que formamos parte ha de ser elegida, deseada y, a ser posible, revocable. 

En el contexto que nos ocupa, amar debería significa estar ahí, cuidar, respaldar, apoyar, respetar, ayudar y un largo etcétera que no tiene nada que ver con elegir, desear, apetecer y ese otro largo etcétera de verbos a los que estamos demasiado acostumbrados en nuestras sociedades consumistas. Si luego resulta que te apetece y deseas cuidar a tu hijo, respaldarlo, apoyarlo, etc., pues mejor que mejor. Y aquí aparece de nuevo el comodín de la naturaleza que seguramente es responsable, al menos en parte, de que la mayor parte de la gente encuentre gratificante tener hijos, criarlos, cuidarlos, amarlos. Sobre todo cuando las condiciones sociales acompañan...


viernes, 17 de enero de 2014

La renta básica y la cuestión femenina

No seré yo quien menosprecie las complejidades de la propuesta de una renta básica universal de ciudadanía. Recuerdo que la primera vez que oí hablar del tema me pareció un sinsentido: ¿dar una cantidad de dinero a todo el mundo por igual, con independencia de si lo necesita o no? ¿lo mismo para mí que para el tío del Mercadona? No salía de mi asombro con lo estúpida que me pareció la propuesta. Después, me enteré de las inmensas ventajas de la “incondicionalidad”, es decir, los enormes beneficios de un subsidio que no depende del cumplimiento de ciertas condiciones (como llevar no sé cuánto tiempo en la miseria, tener 4 mocosos con los zapatos rotos, etcétera) y, por tanto, que es preventivo, que no viene a parchear la pobreza sino a evitar la exclusión. 


Pero ojo, porque lo malo de los subsidios actualmente existentes no es sólo que tengas que estar bien jodido antes de recibirlos sino que, ¡horror!, tienes que demostrarlo. La irracionalidad de la burocracia estatal se convierte en estos casos en sorda crueldad. Justamente estas navidades, leyendo la prensa local asturiana, me enteré de que, por ejemplo, el plazo para la tramitación de la renta social a la que pueden optar como último clavo ardiendo quienes se encuentren en dificultades económicas muy serias, es de un año. Un año de espera en vete tú a imaginar qué condiciones, y todo no sea que cumplido el plazo no te falte alguna póliza o no tengas el DNI en vigor. Y no, no se trata de una anécdota: hay un sinfín de estudios que demuestran que las ayudas y subsidios condicionales dejan siempre fuera a un importante sector de la población más necesitada (como diría la Wikipedia, citation needed: no tengo tiempo ahora de buscar los links).


Recuerdo que otra de las objeciones que se me ocurrieron cuando oí hablar del tema, aparte de la aparente injusticia de repartir sin tener en cuenta aquello de “a cada cual según su necesidad” fue que podría convertirse en un acicate para la bajada de salarios. El empresario, a quien ya de suyo no le hacen falta muchos acicates para bajar los salarios, podría razonar así: “si el estado le da a esta tía 400 pavos al mes, ¿para qué le voy a dar yo 800? Basta con le de otros 400 y va que chuta para reproducir su fuerza de trabajo”. Es lo que, al parecer, sucedió con las leyes de pobres de Speenhmaland a finales del siglo XVIII, como explicó estupendamente Karl Polanyi. 

Pero es que un punto fuerte de la propuesta de la Renta Básica –que no siempre se tiene en cuenta, pero que a mi entender es básico– es que debe tratarse de una renta suficiente para sobrevivir dignamente. Por supuesto, cabe discutir si basta con equipararla al Salario Mínimo o si dejamos de fingir que el Salario Mínimo te permite subsistir en una gran ciudad como Madrid o Barcelona… 

Pero dejando de lado estos detalles, lo que es innegable es que si se rompe le ley de hierro de los salarios, es decir, si ir al tajo deja de ser la única forma de sobrevivir dignamente, por fin empiezan a tener sentido algunas cosas muy, muy importantes. Por ejemplo, la libertad y el resto de derechos individuales liberales, que sin una base material que los sustente tienden a quedarse en una carcasa vacía. Por ejemplo, la idea de negociación o diálogo social, que sólo puede tacharse de chantaje cuando lo que se juega una de las partes es literalmente su supervivencia. 


Así, una renta básica incondicional y suficiente incrementaría estratosféricamente el poder de negociación de la clase obrera y cambiaría radicalmente el tablero de juego. ¿Qué pasaría luego? Qué se yo. Lo que nosotros queramos, lo que seamos capaces de construir. La renta básica per se no derroca el capitalismo ni acaba con el patriarcado ni arregla el medioambiente ni me hace perder los kilos que gané estas navidades, pero es innegable que proporciona un terreno mucho más llano en el que poder pelear por lo que sea que consideremos justo pelear.

Dicho esto, de lo que yo en realidad quería hablar aquí era de una de las supuestas desventajas de la renta básica que los críticos suelen mencionar y que me toca particularmente las narices como mujer y como madre: el temor a que esta especie de “salario por no hacer nada” desincentive la participación de las mujeres en el mercado de trabajo. A ver, amigos, si nos ponemos de acuerdo de una vez por todas: el mercado de trabajo es un lugar de opresión y degradación en el que abundan las relaciones personales malsanas, la competencia, y un montón de mierda que cualquiera que haya trabajado en un sitio que no sea la universidad pública conoce al dedillo y no merece la pena repetir aquí, y no el jardín de recreo en el que las personas nos realizamos. 

Desde el punto de vista de la (miope) ortodoxia feminista, no obstante, el mercado de trabajo es una herramienta imprescindible para conseguir la independencia económica de la mujer, que es a su vez un puntal irrenunciable para evitar situaciones de opresión indeseables (y ahí sí que puedo estar de acuerdo con la ortodoxia feminista). Pero, si resulta que por obra y gracia de la imaginación institucional nos encontramos con una herramienta nueva que garantiza el objetivo de la independencia económica (y lo hace, por cierto, con mucha mayor intensidad y fiabilidad que el mercado de trabajo: 27% de paro, ¿recuerdan?), ¿dónde está el problema? Si algunas mujeres quieren aprovechar la renta básica para salir por pies del mercado laboral e irse a sus casas a cuidar de sus hijos, a cuidar de sus estúpidas uñas o a tocar la guitarra y comer plátanos tumbadas en una hamaca, ¿¿¿cuál es el problema??? 



No me cabe duda de que si existiera una renta básica universal y suficiente un buen montón de gente, hombres y mujeres, se largarían asqueados del mercado de trabajo para dedicarse a otras cosas, algunas de las cuales tendrán una inmensa utilidad social (como el trabajo de cuidados, como la lucha en defensa de una educación o una sanidad de calidad y universales…) y otras cero pelotero. Ya encontraremos (o no) después la forma de repartir y asignar adecuadamente las tares importantes. Si existiera la renta básica, el “mercado de trabajo” tendría que currárselo más para conseguir gente que limpie váteres, reponga productos en estanterías, atienda quejas telefónicas o empaquete chorradas en un almacén de Amazon. Y eso, se mire como se mire, no puede ser más que una BUENA NOTICIA.

Nota: escribo este texto con el cabreo fresco que me ha producido leer este texto de eldiario.es. Creo que a pesar de que me arden las mejillas de ira he conseguido moderar mi lenguaje y cuidar mi ortografía y sintaxis, pero ruego que me disculpen si no ha sido así.

jueves, 9 de enero de 2014

Dar vida con sentido

Me entero por Google de que hoy es el 106º aniversario del nacimiento de Simone de Beauvoir. Así que le haré aquí un pequeño y (auto)controvertido homenaje (me refiero a que es controvertido para mí misma, porque es una autora que tiende a repatearme). 


Hay quien piensa que la Beauvoir es algo así como un monstruo antimaternal comeniños (bueno, más bien sería comemadres: contra los niños no parece tener nada). Y según qué textos se lean, no faltan razones para llegar a esa conclusión. 

Probablemente, más que antimaternidad, lo que le pasaba a esta mujer es que era muy protrabajo remunerado. Sea como sea, en medio de un texto bastante antimaternidad como El segundo sexo, tiene una reflexión sobre la maternidad que me gusta un montón, a pesar de su forma de expresarse algo retorcida y ambigua. Aquí os dejo la cita:

Hoy reclama la mujer participar en el movimiento a través del cual la Humanidad intenta sin cesar justificarse superándose; no puede consentir en dar la vida más que en el caso de que la vida tenga un sentido; no podría ser madre sin tratar de representar un papel en la vida económica, política y social. No es lo mismo engendrar carne de cañón, esclavos o víctimas que engendrar hombres libres. 

Me gusta porque, al menos tal como yo la interpreto, aleja las consideraciones sobre qué es ser buena madre o ser buen padre de lo íntimo y psicológico, de lo puramente referido a la crianza entendida en sentido estrecho, y las acerca a la necesidad de trabajar por un cambio social en profundidad. O dicho de otro modo: la felicidad de nuestros hijos probablemente dependerá más del entorno social (y su nivel de desigualdad, redes de solidaridad, calidad de servicios públicos, etc.) que seamos capaces de legarles que de nuestra habilidad y paciencia a la hora de utilizar las herramientas de la crianza con apego, garantizar su salud primal, fomentar su autoestima, evitar gritos, castigos y amenazas, etcétera, etcétera. 

jueves, 2 de enero de 2014

Educación, competitividad y conexiones neuronales

En su primer discurso como alcalde de Nueva York, Bill de Blasio señaló la desigualdad económica y la injusticia como los problemas principales de la ciudad, hizo una hermosa defensa de las políticas keynesianas y el New Deal, habló de redistribución de la riqueza, citó a Roosevelt y criticó a quienes piensan que las cosas se arreglan con la política económica del goteo o trickle down. Todo muy bien, un discurso hermoso, atrevido y alentador. 


De Blasio saludando, o bailando, o algo...


martes, 10 de diciembre de 2013

Otra ración de reseñas y entrevistas

Ya que me falta tiempo para todo, y en particular para redactar entradas para el blog (sé que debo una bien argumentada a la gente que me critica excesos naturalistas: juro que si no entro al trapo no es porque me arredre sino porque no doy para más), aquí va otra ración de entrevistas y reseñas.

Para empezar, la primera entrevista que me han hecho desde Argentina. La hace Flor Monfort y ha aparecido en el suplemento Las 12 de Página 12.

Aquí un textito-reseña de Magda Anglès en el diario digital 50x7.

Aquí un texto de José Carlos Loredo con algunos puntos críticos de interés que claramente requiere respuesta (de nuevo: algún día tendré tiempo...).

Y aquí una entrevista de Leyre Astiz para la revista Ser Padres

Entrevista_Carolina_del_Olmo

jueves, 14 de noviembre de 2013

Reedición, más presentaciones, reseñas...

Se acaba de publicar ¿Dónde está mi tribu? en Argentina, de la mano de Capital Intelectual.


Y más o menos a la vez acaba de llegar a las librerías la segunda edición española. En realidad es una reimpresión, pero como ya nadie usa esa palabra, la editorial ha optado por seguir la corriente y llamarlo segunda edición.

Este fin de semana, toca doble presentación/debate:

El sábado 16 a las 19:00 en Enclave de Libros, con David Garcia Aristegui, y el domingo 17 a las 12:00 en La Selecta (Buitrago de Lozoya), con Belén Macías, de Diagonal.

Aprovecho para dejar aquí algunas reseñas y materiales:

- la que escribe Jesús Aguado en Babelia con el título "Cambiar pañales y cambiar el mundo"

- la de Ana March en el blog Culturamas

- y de paso el audio de la presentación en Traficantes de Sueños con Pablo Carmona (a.k.a. Panzer) y Elena Cabrera, y el vídeo (va en dos partes) de la primera presentación en el Círculo de Bellas Artes con Belén Gopegui, Isaac Rosa y Lourdes Lucía (gracias a los compañeros del Círculo que lo grabaron y subieron a la mediateca).